Te vas y aquí me encuentro
haciendo balance. Y de repente me recuerdo allí, asomando mi cabeza,
intentando ver entre los demás. Ya ves es que soy una especie de pequeña
criatura que abunda por este pequeño universo.
Y cual espejismo de un hombre que espera en el desierto un destello de
felicidad… te veo brillar, entregándolo todo para mí, para todos… solo
para mí.
Te conocí solo por tu voz hace ya algunos años cuando éramos jóvenes y
hermosos. Desde entonces no pude dejar de ir a verte tal sesión continua
ya que temía que me atacase el virus del miedo y no volver a sentirte
nunca más.
Últimamente ahora me pregunto que va a ser de mí sin saber que andarás
haciendo. Y yo buscándote con pájaros en la cabeza, aquella tarde deliré
que en un lugar soñado esperaba que si Peter Pan viniera le pediría
que estos cien días y cuatro estaciones de espera por ti pasen rápido.
Será que no quiero esperar como antes ya que fue terrible aquel año. Fue
muy duro esperar a que por fin llegara la cita, nuestra cita. Lo que
hay que aguantar con estos ¡¡amores imposibles!!
Sumergido en esta soledad, solo me queda apelar a mi dulce memoria
repleta de bellas melodías. Pero descubro que ya nada es lo que era.
Has de saber tantas cosas, pero sobre todo no quiero dejar de expresar lo que eres para mí ya que mañana quizá sea tarde.
Amo tanto la vida que solo puedo imaginar dónde estarás, inventando que somos parte de una tierna y dulce historia de amor.
Pero vuelvo a la realidad y sin ti a mi lado algo me dice en mi interior “no estarás solo”.
Ya quisiera yo que no me invada la locura, pero sucede que a veces,
imaginar todo esto se convierta en la huída, el escape perfecto de la
maldita rutina.
Si se callase el ruido sabrías que siempre vuelvo para implorarte y
decirte… regresa. Para asegurarte que volveremos, esperando que en esta
oportunidad se cumpla el principio de incertidumbre. ¿Podría ser?
Te dejo mi testamento vital que solo a ti te pertenece...